WE THE INTERWOVEN

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UNA HISTORIA SOBRE EL TRABAJO

CHUY RENTERIA

Traducción al español de Nieves Martín López, edición de Sergio Maldonado

 
 

ERMÍTANME QUE LES HABLE de mi relación con el trabajo. Porque si son mexicanos en Estados Unidos, han de tener una relación con el trabajo. Da igual ser inmigrante de primera, segunda o tercera generación, si no tienes papeles, o si estás en una situación similar; tu relación es compleja. Si eres un mexicano en Estados Unidos, el trabajo no es solo un trabajo. El trabajo es la forma en que te mira la gente si tienes un acento diferente. El trabajo es lo oscura que se te pone la piel cuando trabajas en la construcción. El trabajo es lo que pasa cuando trabajas con un grupo de mexicanos techando la casa de un blanco. Paisas y coconuts—hombres de mediana edad sin papeles y jóvenes universitarios que no saben hablar español: todos sobre un mismo techo. Pero para la gente que pasa junto a la casa manejando, somos lo mismo, una masa uniforme que pasa desapercibida. Mexicanos en un techo haciendo el trabajo que los conductores preferirían no hacer. 

Uno de mis primeros trabajos fue en un súper, en la sección de productos frescos.  Llene la solicitud y me respondieron el mismo día. La conversación comenzó con tecnicismos, disponibilidad y contactos, pero viró cuando la encargada de recursos humanos me preguntó por teléfono si les llamaba por el anuncio. En realidad no; necesitaba un trabajo y por eso apliqué. El anuncio era para personas que supieran inglés y español. No recuerdo si pedían específicamente mexico-estadounidenses, ni siquiera sé si eso es legal, pero es exactamente lo que buscaban. La mujer de recursos humanos me preguntó sin rodeos: “¿Entonces, tú puedes hablarle a nuestros clientes hispanohablantes, sí?” 

Si tenemos una relación tensa con el trabajo, entonces la primera generación de mexico-estadounidenses sienten que la cosa se complica aún más por el español. Me explico: puedo entender el español… la mayor parte del tiempo. Diría que entiendo un 80 %. Mis padres me hablan solo en español y yo les respondo con este spanglish áspero, accidentado, la mayoría en inglés con unos cuantos “peros” y “comos” salpicados por ahí. Hasta mi esposa me dijo que mi inglés cambia cuando hablo con mis padres: se vuelve más simple y mi acento es más fuerte. No me había dado cuenta hasta que ella me lo dijo. Un ejemplo de cómo respondo a las preguntas de mis padres: “No, I worked long… pero, I didn’t know when. Cuando… eight… como a la ocho. Yeah… yeah. No sé, I don’t know.” 

Cambiar de lenguas para mí es como fallar un tiro. Como un botón que se queda encajado y reproduce una y otra vez la misma acción. Pero puedo entender un 80-85 % de lo que me dicen mis padres. Esto asombra a los estadounidenses blancos cuando se lo explico. 

–Sí, mi hermano habla español con fluidez. Su hijo mayor no quiere hablar español, pero su hijo pequeño sí. Los hijos de mi hermana no saben hablarlo, aunque ella sea la más mexicana de todos nosotros. 

Eso es algo que nos preguntamos, ¿qué tan mexicano eres realmente? Ese sentimiento me pasaba por la cabeza cuando la mujer de recursos humanos me hizo esa simple pregunta, si yo hablaba español o no. Tartamudeé. “Bueno… Sí, entiendo español. Pero no sé qué tan bien puedo hablar sobre frutas y verduras en español.” Una vez aprendí con Duolingo que carrot en español se dice “zanahoria.” Una semana después mi tía la usó en una frase y la coincidencia me volvió loco. Intenté explicarle a la mujer de recursos humanos mi porcentaje de 80 % de comprensión y mi expresión not-so-good en español. Ella me dio una charla al estilo de los de recursos humanos para decirme, al final, que a ellos les bastaba. 

Después de conseguir el trabajo, mi supervisor me pidió posar para unas fotos que necesitaban para sus anuncios, los de los cupones semanales que la tienda envía los domingos. “¿Por qué no?”, me dije, y posé con las naranjas sonriendo a la cámara y diciendo “Cheese!” Unas semanas después, mi amigo Pepe me contó la noticia. 

–Oye, te vi en el periódico el otro día por lo de tu trabajo –me dijo. 

–¡Oh, sí! ¡Me olvidé de las fotos! ¿Qué tal quedaron? –pregunté. 

–Están bien. Se te ve muy gracioso, posando, diciendo cosas que tú nunca dirías. 

–¿El qué? ¿Sobre el producto? 

–Eso también, pero quería decir el hecho de que te pusieron hablando español, ¡como si de verdad supieras hablarlo! 

Corrí lo más rápido que pude a mi casa. Abrí el periódico con ansiedad, buscando el anuncio. Allí estaba: yo, con una naranja en mano, y unos bloques de texto bien grandes en español, puestos en un espacio en blanco sobre mi cabeza. Palabras escritas que apenas entendía, y que mucho menos sabría usar en una conversación fluida; algo sobre la alta calidad del producto. Algo diciendo que si alguna vez necesita ayuda, puede buscar a alguien que se vea como yo, guiño, guiño. “¡Chingado!,” pensé. La mamá de mi novia, que es blanca, pensó que yo me veía genial en el anuncio y lo puso en el refrigerador. Mi mamá no pensó lo mismo. 

En realidad sí tuve un par de encuentros con hispanohablantes en los pasillos del súper, algunos más exitosos que otros. Ya lo dije, puedo entender español bastante bien, y el nivel del discurso es bastante básico cuando hablas con alguien de temas como el precio de los jalapeños. Una vez la cagué con una mexicana. Me preguntó sobre un descuento de comida enlatada, y mi spanglish salió bien fuerte. Juro por mi vida que no podía recordar la palabra en español para decir fifty, cincuenta. En vez de decir “No, no, esto son cincuenta centavos menos”, le dije algo como “This is five and zero off. Five and zero… Cinco y cero off.” Ella se frustró y me dejó allí en el pasillo, no sin antes preguntarme de dónde era yo y who my mother was. Quién es mi madre. “¿Qué tan mexicano eres? ¿Qué tan mexicana es tu madre para haberte criado así?” No me quede trabajando mucho tiempo allí después de eso. 

Luego tuve otra serie de trabajos de verano. Estaba tomando clases en Kirkwood y cada verano me quedaba bien pobre, sin un solo dólar en el bolsillo. Mirando atrás, los trabajos que elegí estuvieron interesantes. Debe ser porque escogí trabajos que eran típicamente para mexicanos. Trabajé de cuidador, también en la parte de atrás de una tienda de ropa, y también como limpiaplatos. En el fondo, tenía un chip en el hombro, como si fuera la versión en mexicano de Matt Damon en Good Will Hunting, con el trapeador en la mano. Cada vez que algún blanco venía hacia mí cuando estaba limpiando, me causaba un efecto extraño. Yo asumía que ellos asumían que yo no hablaba inglés. Siempre que me preguntaban algo, era innecesariamente extenso en mis explicaciones, como un niño que acaba de descubrir un tesauro. No estoy seguro si la gente lo notaba, o si me notaban a mí siquiera. Denle un trapeador a un mexicano y verán cómo desaparece delante de sus ojos. Además, cuando alguien pregunta por el baño, suele apurarse y alejarse hacia la dirección que le indicas. 

Debo tener cuidado con la forma en que hablo de estos trabajos, pues eran duros, y aprendí mucho de ellos. Todavía hoy digo que limpiar y hacer el trabajo que otros no quieren es honroso. El trabajo manual produce una catarsis y un orgullo que ningún trabajo de oficina puede igualar. En Anna Karenina, hay una sección en la que se habla con mucho detalle sobre el trabajo en el campo de uno de los personajes. He oído a gente quejarse de lo aburrida que es esta sección, pero a mí casi me arranca las lágrimas. Como dije anteriormente, tenemos una relación complicada con el trabajo. 

Hay una historia muy buena del tiempo que pasé en el departamento de ropa. El trabajo me llegó gracias a un asunto familiar. Mi madre consiguió el trabajo primero y nos avisó a mí y a mi hermano Johnny. Pronto convencimos a mi primo Gable para unirse al grupo. La ropa llegaba en grandes camiones a la parte trasera del almacén, la descargábamos, la colgábamos en colgaderos industriales amarillos con ruedas, y luego la llevábamos para clasificarlas en distintos departamentos. Las ruedas del colgadero chirriaban mientras lo arrastrábamos bajo las luces fluorescentes. Todo era muy simple y liberador; la mayor parte del tiempo nos dejaban en paz. Nuestro supervisor era un poco inútil, seguro que un marginado del resto del departamento, pero seguía siendo nuestro jefe. Después, él siempre mencionará la historia que voy a contar bajo el nombre de “el incidente.” 

El incidente ocurrió así: era cerca del final del día y yo era el último atrás del almacén. Estaba limpiando un poco, metiendo cartón en su conducto, cuando una asociada de ventas entró casi dando un portazo. 

–¿Qué está ocurriendo aquí? ¡Estuve intentando llamarlos a “ustedes” durante quince minutos y la línea estuvo ocupada todo este tiempo! –dijo. 

Yo eché un vistazo al teléfono color amarillo vivo que estaba en el muro del almacén, el que usaban los asociados de ventas para llamarnos cuando querían que les lleváramos colgaderos. Al mirar el teléfono, veo que está ligeramente descolgado. Me pregunto quién habrá sido la última persona en usarlo, ¿fue Gable, quizás mi ma…? 

–¿Hola? –la asociada interrumpió el hilo de mis pensamientos–. ¿Y son “ustedes” son los que están aquí atrás? ¿Escondiéndose para no ayudarnos? ¿Pero qué estoy diciendo? ¿Tan siquiera entiende el inglés?” 

Eso fue todo. Esa fue la pregunta. Me gustaría decir que dije lo siguiente. Honestamente no lo recuerdo, pero ojalá, ojalá le hubiera dicho esto: Yes. I can understand English, I can probably speak it better than you. “Sí. Entiendo el inglés, y probablemente lo hablo mejor que usted.” Mi memoria me falla. Pensando de nuevo en este recuerdo, fantasear con lo que podría haber dicho enturbia las cosas, lo que en verdad dije o no. Es una de las muchas memorias de ducha. Las memorias que de repente te golpean en la ducha, para recordar y recrear las escenas entre el vapor. 

“Y aunque no entendiera el inglés, ¡sé lo suficiente para no ser tan grosero como usted!”, otra de las respuestas que recreo. Sé que eso no lo dije. Lo que sí dije fue: 

–Sí, hablo inglés… Lo siento mucho, no escuché el teléfono –mientras ella agarraba el colgadero y se lo llevaba del almacén. 

Recuerdo sentirme indefenso, tanto como cuando llegué a la escuela elemental y era demasiado tímido para hablar. ¿Conocen el juego “Dos verdades y una mentira”? Mi amigo Rubén lo llama un “juego de salón”. Tienes que contar dos verdades y una mentira para intentar confundir a la gente. Una de mis verdades favoritas para sorprender al resto es: 

–Cuando llegué a la escuela elemental por primera vez, no sabía nada de inglés y solo hablaba con mis padres en español. 

Conté esto en mi clase de español avanzado en la universidad, de la que intenté librarme con los exámenes CLEP, pero que tuve que tomar igualmente para cumplir con los requisitos de lengua extranjera. Cuando les conté esa verdad, no se la creyeron. Ellos ya estaban familiarizados con mi spanglish, con mi cara roja cada vez que conjugaba los verbos; era imposible que esa fuera la mentira. Yo aún no sé si era cierto o no; es lo que me dijeron mis padres. Creo que tenía más que ver con mi timidez, pero sea como sea recuerdo llegar a la clase de ESL, inglés como segunda lengua, y acabar llorando. 

Eso me lleva de nuevo al “incidente.” El incidente no fue ese intercambio de palabras, sino la carta al más puro estilo de Steinbeck que escribí después. Cuando esa mujer agarró el colgadero y se lo llevó airada, yo tomé esa indefensión y busqué el cuaderno y lapicero más cercanos. Ese era mi momento a lo Good Will Hunting, mi versión mexicana de esa línea, “How ’bout dem apples?” Escribí en la hoja ese encuentro, incluyendo la parte de “Do you even understand English? ¿Tan siquiera entiende el inglés?”, y hablé de lo mucho que aguantábamos los trabajadores de almacén. Hablé de volver a estudiar en un colegio, hablé de la igualdad. Me dejé llevar. Firmé la carta con mi nombre completo, fui al despacho de la gestora jefa de toda la tienda y pasé la carta bajo su puerta. Una semana después, recursos humanos amonestó a la asociada con un par de días libres para reflexionar sobre sus acciones. Mi madre aún recuerda el incidente; ni ella ni el resto de mi familia podían dejar de hablar de ello. 

–¡Eso es! Necesitaban escuchar eso para que sepan que somos seres humanos –decía mi madre. 

Escribí otra carta un par de semanas más tarde, esta dirigida al jefe de almacén, para hacerle saber que iba a dejar el trabajo definitivamente. 

Estos trabajos de verano e incidentes nos dan una idea de mi relación con el trabajo. Trabajar significa algo distinto para los que estamos aquí: es complicado. Nos revela cosas sobre cómo te ves a ti mismo y cómo sientes que otros te ven. Hay un trabajo que condensa esta sensación: techar casas con mi hermano. 

Era el verano después de la chamba en el departamento de ropa, tras otro año de clases en ese colegio que tanto odiaba. Yo era un estudiante medio en la escuela secundaria y mis notas no eran tan buenas como para entrar en una universidad de prestigio. Mis buenos amigos fueron a la Universidad de Iowa, uno con una beca de luchador, el otro gracias únicamente a sus logros académicos. Veía el colegio como una carga por no haberme tomado la escuela secundaria tan en serio como debía, lo cual no quiere decir que lo fuera a intentar con más ganas en Kirkwood. Me tomó cuatro años y medio sacarme un diploma asociado que normalmente se consigue en dos. Una vez escuché a mi madre presumiendo frente a los vecinos de que yo había estado en el colegio por X años. Para ella, cuanto más tiempo estuvieras en el colegio, mejor. Los médicos se pasan muchos años en la universidad, ¿cierto? Ni mis vecinos ni yo tuvimos el valor para decirle a mi mamá que la carga de trabajo de un médico no era comparable a cuando yo reprobé álgebra por segunda vez. 

Siempre me gustó acabar el curso en primavera y volver a los hobbies y la libertad del verano. Ya cerca del fin de semestre, Charlie, uno de los asesores académicos de Kirkwood, me encontró en una sala común. Charlie era una de las mejores personas que he conocido nunca. Un tipo alto con lentes, que siempre estaba al borde de una sonrisa genuina. Lo único que debías hacer era darle una razón para hacerlo. Cuéntale sobre tu día, sobre la carrera que quieres elegir, y él te dará una palmadita cariñosa en el hombro y le saldrá esa sonrisa. Charlie, con trajes de chaqueta con hombreras, solía pasar los descansos del almuerzo en la sala común, y usaba esa hora para ponerse al día con todos los estudiantes que podía. Siempre se acordaba de mi nombre, incluso hace poco, después de casi una década sin verme. Resulta que él era el que convocaba los encuentros de atletismo en mi escuela secundaria. 

–¿Cómo iba a olvidar un nombre como el tuyo, Hey-zeus? –me dijo. 

Volviendo a la historia, Charlie vino a hablar conmigo a la sala común, y me preguntó cómo me iba y si tenía planes para el verano. Le contesté que iba a ser un verano tranquilo, pero que normalmente trataba de encontrar una chamba para tener dinero extra. 

–Por supuesto, uno tiene que ganarse el pan, ¿cierto? Pues déjame saber cómo te va, ¡y en qué aventuras te metes! –exclamó Charlie con una carcajada, y me dio una palmadita en el hombro. 

Estaba pensando en la pregunta de Charlie sobre mis planes de verano cuando encontré una oferta de trabajo en internet. Todo indicaba ser un puesto de asociado de ventas. Cuando entré a las oficinas, ya era demasiado tarde para echarme atrás; era uno de esos complots piramidales en los que te intentan convencer de que les vendas cuchillos a tus amigos y familiares. La primera reunión de información era para intentar convencernos de comprar el juego de cuchillos para poder comprender mejor el producto; tendríamos que pagar por los cuchillos y entrenar para usarlos. Por supuesto. 

 Le conté todo a mi mamá y ella se echó a reír y me dijo que era un pendejo. La recepcionista de la empresa me llamó todos los días durante tres semanas para mi primera “entrevista.” Ellos eran los que me llamaban a mí, y no al contrario, por eso se sabe que era una estafa. Después de reírse, mi mamá concluyó que lo mejor para mí sería trabajar techando casas con mi hermano Johnny, que acababa de volver de Texas y tenía la chamba arreglada. Debía hablar con él. A la mañana siguiente, Johnny me despertó a las seis de la mañana para mi primer día. 

Todavía me quedaba sueño en los ojos mientras él manejaba su grandísimo Ford F-150 por la autopista. La casa a la que íbamos estaba a unos 45 minutos de West Liberty, nuestro hogar. Mi hermano es diez años mayor que yo, y por entonces él tenía casi treinta, que es más o menos la misma edad que tengo yo ahora. 

Hombre, cuando yo era niño adoraba a Johnny. Él me llevaba a la escuela en su carro, un Firebird negro, con la música de Rage Against the Machine a todo volumen mientras llegábamos a mi escuela primaria. Pensaba que era lo más chido del mundo. Zach de la Rocha es otro mexicano de los nuestros, atrapado en el medio. Tiempo después, Johnny o uno de sus amigos se puso bien pedo y estrelló ese Firebird. Nunca supe todos los detalles de la historia. 

A Johnny lo pescaron con demasiadas drogas en su apartamento un par de años antes de nuestro verano techando casas. Por aquel entonces manejó hasta Odessa, Texas, para trabajar en los campos de petróleo con mi tío y desaparecer del mapa por un tiempo. El show adolescente Friday Night Lights, sobre un equipo de fútbol americano en la escuela secundaria, tiene lugar en una Odessa ficticia, aunque mis tíos me contaron que todos los mexicanos allí van a la escuela más pobre y el equipo de fútbol americano es una mierda. 

Así que Johnny volvió a casa en Navidad ese año. La policía detuvo su carro por llevar una placa de otro estado, y cuando vieron que tenía una orden de arresto, lo encerraron en la prisión local por unos meses. Lo recuerdo saliendo por la puerta la noche que lo dejaron libre, con los ojos vidriosos y una barba desaliñada que nunca había tenido ni tendría después. Ya estaba fuera, pero atrapado en Iowa, pendiente de la vista en el juzgado y buscando trabajo. Él y yo lo encontraríamos juntos. Pero claro, él no me contó nada de esto. Nuestra familia coexiste entre las fracturas de la comunicación, pausas grandes como embarazos mientras pensamos en cosas menos personales que decir. 

Normalmente el tema de conversación menos personal es el trabajo que tenemos por delante, y mientras manejábamos por la autopista, eso hicimos. 

–Muy bien, pues te cuento. Conocí a este güey, ¿sabes? Un viejo blanco, grandote. Él maneja unos cuantos equipos de obreros, hace techados, enlucidos, y todo eso. Se llama Joe, y el güey antes era un pez gordo. Ahora se perdió en la botella, demasiada bebida. Ya lo verás. Va de aquí para allá como un pollo sin cabeza –me contó Johnny. Recuerdo esa última frase, lo perfecta que era para caracterizar a Joe–. Y nuestro plan es este: mientras el güey este se dedica a hacer el pendejo con sus equipos, nosotros iremos allí a hacer nuestro trabajo. El güey no sabe lo rápido que podemos terminarlo. Aquí hay varo, solo tenemos que trabajar bien y agarrarlo –continuó. 

Mi hermano planteaba su jugada como si fuera un maléfico plan. Yo no entendía por qué hacer el trabajo mejor de lo que Joe anticipaba podía ser algo para ocultar, pero es cierto que nunca había visto a mi hermano trabajar. Cuando trabajas más rápido, más duro y mejor de lo que esperan todos, encuentras maneras de superar a tus superiores. Cuando el trabajo es algo tan irregular como los trabajos en la construcción, techando casas, tienes que encontrar la forma de sacar varo sin que lo sepa tu ebrio supervisor. 

–Nos juntamos con los dueños de la casa, dejamos que los contactos previos de Joe nos abran las puertas y dejamos fuera al borracho de Joe. 

Techar es bastante simple, al igual que la mayoría de los trabajos de fuerza. Se puede aprender lo esencial de todo el proceso en un día. Agarras a una persona de la calle y la puedes enseñar a desmontar las tejas viejas del techo con una demostración en 30 segundos, como hizo Johnny conmigo esa primera mañana. El proceso es el siguiente: agarras una horqueta o una pala para quitar tejas, subes al techo y arrancas las tablas de abajo arriba. Tienes que empujar y raspar bajo las tejas para alcanzar por debajo de los clavos. Entonces haces palanca con la pala y arrancas las tejas. Cuanto más practiques, antes podrás desmontar las tejas en pedazos mayores. Se empieza en el fondo del techo y se trabaja hacia arriba. Es un trabajo monótono, necesario y agotador. Después de quitar las tejas, hay que arrojar los escombros a una lona o contenedor de basura que hay debajo. Cuando pasamos a quitar el fieltro bajo las tablas, entra en juego la delicadeza. Las capas de un tejado, de la más superficial a la más profunda, son las tablas, el fieltro y el triplay. El fieltro está para impermeabilizar la casa. Si se daña el fieltro anterior antes de poner un rollo de fieltro nuevo, podría ser un problema, especialmente si no se tiene un rollo nuevo a mano y hay posibilidad de lluvia. Y luego vienen los regaños por no tener cuidado al arrancar el fieltro y desmontarlo bien. 

Después de desmontar todo, hay que subir los nuevos paquetes de tejas al techo. Algunos usan elevadores mecánicos para subir decenas de paquetes de tejas de una sola vez. Nosotros tuvimos que cargar esos paquetes de 80 libras a hombros y subirlos por la escalera. Hacíamos competiciones: a ver quién subía la escalera con más agilidad o a ver quién cargaba más paquetes en un día. 

Mi hermano me enseñó lo básico sobre tejados de apartamentos prefabricados en North Liberty. Luego de un par de semanas, empezamos a juntar un grupo de marginados para llevar a cabo el plan de Johnny. Yo convencí a mis primos Tony y Mark para que se unieran. Los dos son un año menores que yo y miembros en mi equipo de baile break. Los tres nos volvimos inseparables ese verano, así lo más lógico era que se juntaran con nosotros y ganaran también algo de dinero. Tony y Mark eran tan primos míos como casi todo el resto de West Liberty. En otras palabras, no éramos primos de verdad; pero oigan, allá en alguna parte de los árboles familiares, una de las tías de mi madre es media hermana de uno de los primos de los padres de ellos dos. Pero para simplificar, éramos mejores amigos que decían ser primos, porque era más fácil decir eso que buscar en las raíces enmarañadas de nuestros árboles familiares. Tony y Mark habían salido de la escuela secundaria, siempre discutiendo o haciendo bromas, y tan perdidos en el mundo real como yo. Éramos peones olvidados, demasiado jóvenes para darnos cuenta de lo malo que era eso. 

Una mañana, en la camioneta que nos recogía a todos, Johnny dijo que iba a pasar por Malcolm, uno de sus viejos amigos. Cuando la F-150 estacionó en ese apartamento de Iowa City, Mark fue el primero en reconocer su cara. 

–Hombre, ¡pero si es James Truth! –dijo al salir del carro para saludar a Malcolm/James. 

–¿Así es como lo conocen ahora? –le preguntó Johnny mientras Tony se unía a Mark para chocar nudillos con James. 

James Truth era el nombre artístico de Malcolm, el amigo que Johnny conoció en Iowa City antes de su arresto. En el circuito del hip-hop conocíamos a James Truth. Todos formábamos parte de un espectáculo mensual de hip-hop. James rapeaba y nuestro grupo hacía break en los intermedios. James era de piel oscura, atractivo, tenía mucha labia y era un artista bastante bueno. Intentaba seguir los pasos de los grandes raperos de la época, como 50 Cent o The Game. 

–No me importa su nombre, mientras que sepa usar la pistola de clavos– dijo Johnny antes de que el trío se trepara en la camioneta. 

Resultó que Malcolm sí sabía manejar la pistola de clavos y clavar tejas. No tan bien como Johnny, pero lo suficiente como para formar parte del equipo. Lo que separa a los simples peones de los techadores habilidosos está en la forma de colocar el fieltro y cuando hay que poner nuevas tejas. Los habilidosos pueden colocar las tejas en su sitio y clavarlas con rapidez. Se puede juzgar la habilidad de un obrero con la pistola de clavos por el sonido rítmico de los clavos al colocar cada tabla y su frecuencia. 

Malcolm era bueno: su pistola de clavos hacía un sonido constante y estable, pum… pum… pum, antes de colocar la siguiente tabla y repetir el proceso. Por otra parte, Johnny era un maestro. Alineaba todas las tablas en una fila e iba cambiando de postura sobre sus rodillas con comodidad. Pumpumpumpum-pumpumpumpum-pumpumpumpum –así por todo el tejado. Johnny y Malcolm llevaban viejos almohadones de sofá para apoyar las piernas mientras clavaban las tablas. Si te querías lucir podrías conseguir unas rodilleras, pero nosotros pasábamos con lo que podíamos. 

Johnny y Malcolm recordaban viejos tiempos entre disparos de clavos. Tony, Mark y yo nos secábamos el sudor y el polvo de la cara y planeábamos nuestra próxima aventura para el fin de semana. Todos teníamos callos y magulladuras de subir los paquetes de tejas a mano, cortes y raspaduras de tropezar con clavos y escombros. El olor a alquitrán y polvo nos llenaba las fosas nasales mientras trabajábamos bajo el calor abrasador. Hacíamos bromas a costa unos de otros y nos pagaban cada cierto tiempo. El plan de Johnny parecía estar casi completo. El borracho de Joe nos encargaba otro tejado y nosotros lo terminábamos dentro del tiempo estimado o incluso antes, y así una y otra vez. 

Por supuesto, nos pagaban en efectivo. No había formularios W2, ni seguro médico, ni impuestos sobre el tipo de trabajo que hacíamos. Los cheques eran rollos de billetes transferidos desde la cuenta bancaria de Joe hasta la mano de Johnny, quien luego dividía la suma entre todo el equipo. Recuerdo mi primera paga, y quiero decir que fue la primera de verdad. No era como los cheques que me daban en el súper, de 7 dólares la hora por trabajar 15 horas a la semana; la primera vez que me pagaron por techar casas, Johnny me dio la mayor cantidad de dinero que jamás había tenido en la mano. Tony, Mark y yo lo gastamos como niños que viven con sus padres y trabajan durante el verano: en videojuegos, ropa, películas y otras cosas que queríamos pero no necesitábamos. 

Mi hermano iba ahorrando el dinero. En ese momento no lo pensé mucho, pero tenía que haber adivinado la intención tras el plan de Johnny desde el principio. Mis primos y yo solo disfrutábamos de ese dinero que nos sobraba, pero mi hermano lo necesitaba de verdad. Para las facturas, para los abogados, y para salir cuanto antes de Iowa y continuar con su vida. Ahora pienso en el ritmo de su pistola de clavos y oigo su ansia por intentar salir adelante. Pumpumpum-pumpumpum. 

Y al principio lo estábamos consiguiendo, ir por delante de todo, del calendario, acabando los trabajos antes de que Joe pudiera conseguirnos otro. Estábamos ganando mucho dinero. Incluso Joe nos pagaba mejor porque estaba feliz con nuestro trabajo. 

–Ustedes sí son rápidos, no como los otros equipos que tengo –nos decía Joe cada vez que sacaba dinero para nosotros. Normalmente Joe me pedía que lo llevara en carro al banco, pues él empezaba a abrirse latas de Busch Light cerca de las 8 de la mañana. No me importaba ser su chófer, porque eso me permitía alejarme del trabajo manual y acercarme más al dinero. 

Esas primeras semanas fueron simples y lo más entretenidas que podían ser, tratándose de trabajo manual. Trabajábamos deprisa y nos recompensaban por ello. Joe casi siempre nos dejaba en paz, menos un par de veces que apareció sujetando una escalera de mano tambaleante para inspeccionar nuestro trabajo. Todos nos pusimos más morenos. Empezamos a notar que las chicas empezaban a notar que nos estábamos poniendo fuertes. Yo odiaba comer demasiado a la hora del almuerzo porque eso hacía más duro el resto del día, así que me limitaba a ensaladas, pollo y agua. Mi dieta y la carga de trabajo me pusieron en buena forma, más que en toda mi vida. Un día, Johnny agarró crema para el sol, y después se la pasó a Malcolm. 

–¡Venga ya! No he conocido todavía a un solo negro que haya usado eso en su vida –exclamó Malcolm mientras me pasaba la crema. Me quedé mirando la forma en que los tatuajes de su brazo se camuflaban entre su piel, y luego miré la botella azul en mi mano. 

–Yo tampoco lo he usado nunca –dije, y le pasé el bote de nuevo a Johnny. 

–¿Estás seguro? ¿No será porque quieres verte cool delante de Malcolm, no? 

Pues sí, así era. Recuerdo sorprenderme de la cantidad de crema solar que se ponían mis amigos blancos en la alberca de Kimberly Park. Por su parte, ellos se asombraban de lo moreno que me ponía yo mientras que a ellos les salían manchas rosadas en las partes del cuerpo sin crema. 

Tony, Mark y yo nos quitamos las playeras y trabajamos todo el día bajo el sol para tener el mejor bronceado. Al día siguiente, me picaba la espalda al sentarme en el asiento trasero del camión. Empezábamos pronto en la mañana, cuando todavía hacía fresco. Alrededor de las 9 o las 10 ya hacía calor como para quitarnos las sudaderas, y a las 11.30 ya nos estábamos quitando las playeras. 

–¿Qué pedo, güey? ¡Tienes toda la espalda quemada! –me dijo Mark al tiempo que llamaba la atención de Tony. Al mirar la espalda de Mark, me di cuenta de inmediato de cómo se vería la mía. 

–¡No manches! ¿Y yo me veo tan pendejo como ustedes? –preguntó Tony antes que yo pudiera hacerlo. Habíamos conseguido quemarnos la espalda por completo, pero al trabajar en el tejado siempre de espaldas al sol, teníamos toda la parte delantera del cuerpo blanca. Parecíamos tres tristes langostas, con la espalda roja y el vientre blanco. Johnny y Malcolm se reían con ganas a nuestra costa en el techo. 

Seguimos con el mismo ritmo durante junio y julio. Tumbamos y pusimos techos nuevos en Iowa City, North Liberty, Cedar Rapids y muchos pueblitos del sureste de Iowa. Me enfrenté a mi miedo a las alturas sobre una monstruosidad de techo de tres pisos. Tuvimos que clavar tablas de 2x4 pulgadas al tejado para poder caminar sobre él, porque tenía demasiada inclinación. 

Todo iba bien hasta que Joe empezó a notar todo el dinero que estábamos ganando. Así funcionan las cosas; me refiero a que Joe empezó a notarlo como alguien que nota que puede sacar más provecho de otras personas. Las cosas se pusieron tensas cuando Joe empezó a reclutar nuevos miembros para nuestro equipo, y el primero que nos presentó era este güey llamado Darren. De todo el verano que pasé techando casas, Darren fue el único blanco que nos trató como a iguales, es decir, que no se consideraba superior a nosotros de ningún modo y se sentía orgulloso de trabajar a nuestro lado. Era un hombre fibroso de mediana edad que tartamudeaba al hablar, un peón, pero trabajaba duro. A Darren le gustaba hacernos ver lo chingón que era, usando expresiones mexicanas y hablando de los tipos de mujeres que le atraían. 

It don’t matter güey, I’ll t-talk to any mami –nos contaba en los descansos, todos sentados al borde del tejado con las piernas colgando en el aire. 

Un día nublado en Mt. Vernon, Joe se acercó a nosotros para hablar del último miembro que se iba a unir a nuestro grupo. Los días nublados eran complicados: Johnny siempre estaba nervioso por si se ponía a llover, porque entonces tendríamos que cubrir todas las áreas del tejado sin tablas y dejarlo para el día siguiente. A la mayoría de nosotros no nos importaba tener un día libre, pero para Johnny significaba otro día de retraso en el proyecto. Joe fue hacia Johnny, oliendo a cerveza barata. 

–A ver, Johnny, voy a traer un güey que se unirá a nuestro equipo –dijo Joe. Johnny reprimió una sonrisa al oír lo de “nuestro equipo”. 

–¿Ah, sí? ¿Esta vez será alguien que sepa manejar de verdad la pistola de clavos? –respondió. 

–Claro, claro. Mira, Johnny, este tipo es un ilegal, y ya me conoces, me vale verga si es ilegal o de Marte. Lo único que miro es si trabaja bien–. Johnny dejó la pistola de clavos y se sentó en su almohadón para observar a Joe–. Este güey, Arturo, trabajó conmigo antes, y te puedo decir que es el mejor obrero que he tenido. En un día, podía acabar con un tejado entero él solito–. Johnny se echó a reír. 

–Muy bien. No voy a debatirle. ¿Y cuándo empieza? 

–Bueno, le explico, Arturo está ocupado con no sé qué mierdas allá en México. De verdad que no sé lo que les pasa a ustedes los mexicanos, pero se metió en un lío y no puede venir. Una pena, porque le dije que aquí se puede ganar mucho dinero. Entonces Arturo va a enviar a su hermano para trabajar con nosotros. 

–¿Y es bueno? –preguntó Johnny. 

–Si es la mitad de buen obrero que Arturo, nos servirá –dijo Joe, pasándose la mano por el cabello alborotado casi canoso, y después escupió un cohete de flema por el tejado. 

Una semana más tarde, Ignacio, el hermano de Arturo, se presentó en nuestra casa a las siete de la mañana, dispuesto a trabajar. 

–Muy bien, veamos qué sabe hacer este mexicano –me dijo Johnny mientras llenaba su termo con café antes de subirnos a la camioneta. Entonces Johnny relegó a Tony y Mark a la cama de la camioneta, entre pilas de tejas y herramientas, y bromearon al paso del viento. 

Resultó que Ignacio en verdad no era ni la mitad de buen obrero que Arturo. Con la pistola de clavos estaba entre el nivel de Malcolm y el de Johnny; no era el maestro pistolero que mi hermano esperaba. Ignacio era el suplente mediocre de sheriff del Cisco Kid de Johnny, pero eso igualaba la proporción entre pistoleros y peones. Malcolm, Johnny e Ignacio clavaban las secciones del tejado que Tony, Mark, Darren y yo desmontábamos. 

Johnny hacía de intérprete para Ignacio por todos nosotros. Johnny hablaba el español con soltura y dejó que Ignacio entrara en nuestros planes de verano. En este punto íbamos bastante adelantados a la fecha de los proyectos asignados. Un día vi que Johnny avanzó en su jugada con el propietario: primero le preguntó por el proyecto que habíamos terminado y luego le dijo: 

–Oiga, si sabe de alguien más que necesite un arreglo, dele mi número. 

El propietario pensó entonces que Johnny era el único que realmente quería las chambas. 

–Sí, ¿sabe que Joe antes era un hombre respetable? Ahora está demasiado metido en la bebida. En el fondo ese güey sigue ahí… ¿Podría repetirme su número? 

Johnny le dio el número, y luego estrecharon las manos cordialmente. 

Muy pronto ya sumábamos otros proyectos de los que Joe no estaba al tanto. Johnny nos dividió, tres trabajando aquí y los otros cuatro allí ese día. Los de allí se estaban haciendo de oro. Aunque Ignacio no era como su famoso hermano Arturo, nos bastaba para acelerar el proceso. El grupo empezó a sintonizar en conjunto. Eso, hasta que nos tocó esa casa en West Liberty. Era una casa nueva en obras, y eso debería haber puesto las cosas más fáciles, incluso Johnny había ido a la misma escuela secundaria que el propietario de la casa. 

–¡Qué sorpresa! ¡Nunca pensé que tú serías uno de los que trabajara en mi nueva casa! –exclamó el güey el primer día que nuestro pintoresco grupo entró a su propiedad. 

La casa tenía algo que traía mala suerte. Tony y Mark empezaron a mencionar la palabra “maldita”. La llamaban “la casa de la colina,” como en House on the Hill. Estuvo lloviendo a ratos en nuestra primera semana. Las tejas que Johnny había traído en un palé se habían podrido y eran inservibles. Hubo una gran cantidad de accidentes en ese sitio. Comenzamos a retrasarnos en nuestros planes. 

La casa de la colina se perfilaba con toda la integridad estadounidense por fuera, pero el interior era lo que nos traía mala suerte, sobre todo por las chapuzas baratas en la construcción para intentar ahorrar dinero. Johnny señaló algunas de ellas. 

–No puedo creer lo que veo. Miren eso. El güey está tratando de ahorrarse los pesos haciendo chapuzas, y quiere que se vea bonito. ¿Y por qué no hacer bien el trabajo desde el principio? 

Para ser honesto, yo no me di cuenta de algunas cosas que señalaba. Ese verano comprendí las diferencias fundamentales entre nosotros. En lo que a techar se refiere, Johnny sentía un orgullo intenso por su trabajo y por el resultado final. Solía criticar los tejados mal hechos que pasábamos por la calle, o comentar que él los podría haber hecho de una forma más simple y efectiva. Nos pedía que dibujáramos de nuevo las líneas de tiza que habíamos puesto en el fieltro del tejado, una y otra vez, hasta que estuvieran perfectas. A veces me sentía en el set de filmación de una película de Stanley Kubrick, con esa atención a los detalles tan exagerada. Me imagino la situación: las tomas en el set de 2001, con Stanley haciendo que los simios carguen tejas por la escalera “correctamente.” 

La única vez que Johnny le dejó la pistola de clavos a los tres primos, uno de nosotros colocó una teja torcida y clavó un tornillo de más. Aunque fue en una parte del tejado que ningún propietario vería, Johnny nos hizo desmontar toda esa fila de tejas y colocar una nueva en perfecta posición. 

–Tenemos que demostrar que podemos hacer esto bien. Estén orgullosos de su trabajo –decía, a nosotros y a él mismo. 

El día que me electrocuté con un cable descubierto, tuvimos que dejar el trabajo temprano. No por el accidente, si no porque ya era bien entrado julio y empezaba a hacer mucho calor, ese calor que te hacía ver ondas bailando en el aire; tanto calor que cuando caminábamos sobre el tejado, las botas dejaban huellas de alquitrán sobre las tablas. Al principio Johnny dijo que camináramos arrastrando los pies por el tejado con cuidado, pero cuando Darren y yo dejamos un reguero de huellas bastante notable, Johnny nos pidió que lo dejáramos. 

–¡Esto es una mierda, vamos a tener que rehacer todo el tejado! –se quejó Johnny. Mientras bajaba por la escalera, traté de disimular mi cara de resignación. 

Los hogares de nueva construcción son diferentes, porque hay varios equipos de obreros trabajando codo con codo. Había un equipo enluciendo la casa, otro echando concreto para la entrada del carro, electricistas, etc. Mi hermano y yo nos intercambiábamos indirectas pasivo-agresivas sobre las huellas del tejado cuando pasamos al lado de una de esos equipos. Eran un grupo de chicos de secundaria enyesando el interior del garaje de la casa. Nos ignoraron al pasar mi hermano y yo junto con nuestros primos. Ser ignorados por otros obreros –qué carajo, por todo el mundo– era muy común, como en mis días de cuidador; casi como que te desvaneces cuando estás trabajando. 

Pero los chicos tuvieron otra reacción al ver a Malcolm. Vi cómo uno de ellos le daba un codazo a otro para llamar la atención de nuestro amigo, mientras ellos trataban de sacudirse el yeso pegado a sus playeras y se dirigían a hablar con James Truth. 

–Ay yo man, ¿tienes un cigarro? –preguntó uno de ellos. 

Yo sospechaba que ellos ya sabían que sí. Los dos chicos se quedaron hablando con Malcolm por unos quince minutos. La conversación acabó con uno de los chicos mostrándole algunos raps a Malcolm, que lo observaba y se reía. De camino a la camioneta, al terminar el trabajo porque la temperatura iba subiendo, Johnny le preguntó a Malcolm: 

–¿Y a qué vino todo eso? 

–Hay que darle al público lo que pide. Me dijeron que irían a mi próximo concierto –contestó él. 

Después de algunos percances más, acabamos el encargo bastante atrasados. Estábamos felices de haber terminado y poder seguir con otro, especialmente porque al no haber hecho otros trabajos estábamos más lejos de ir consiguiendo dinero. Empezamos una casa nueva en Iowa City y agarramos buen ritmo. Joe nos solía pagar los viernes, aunque hubiéramos completado antes los encargos. Era su manera de tratar de mantener una sensación de profesionalidad. Ese viernes trabajando en la casa de Iowa City se pasó, y también el siguiente. Estábamos bien entrados en julio sin un peso en el bolsillo del encargo de la casa maldita. Joe no paraba de ponerle excusas a Johnny, hablando de que su otro equipo también reclamaba el dinero y que tenía planeado pagarnos a todos juntos. 

Tony y Mark empezaron a hablar más con Ignacio, y le enseñaron palabras en inglés al igual que enseñaron español a Darren. Ignacio les preguntó cómo decir “Págame” en inglés. Mark respondió: 

–No, no, si vas a hablar con Joe tienes que decirle: Fuck you. Pay me. 

Ignacio repitió la frase con su acento bien marcado, las manos estiradas sobre el tejado. 

–Ay, pinche Joe. Fuck you. Pay me. 

Tony, Mark e Ignacio se reían mientras tomaban turnos para reclamar dinero al Joe invisible en el tejado. La pistola de clavos de Johnny cortaba el aire a compases regulares. 

Al acabar nuestro último trabajo, y sin vistas de conseguir nuestro dinero, las cosas se pusieron tensas. Incluso Tony y Mark estaban de mal humor, porque dejaron de bromear mientras trabajaban. Estuvimos un par de días trabajando en relativo silencio, con el ruido ambiental de los coches y el canto de los pájaros mezclado con el sonido metálico de nuestras herramientas. 

Uno de esos sábados Ignacio ya había tenido suficiente. Vino a nuestra casa por la tarde. Al abrir la puerta frontal, empezó a disparar frases en español rápidamente. Yo no entendí lo que me decía, pero sabía que estaba furioso. Intenté que se calmara hasta que por fin lo hizo y señaló detrás de mí para indicar que le hablaba a mi hermano. 

–Fuck you! Pay me! –disparó antes de irse de allí disgustado. 

Esa noche hablé con mi hermano. 

–No dejo de decirle a Ignacio que Joe no para de chingarme. Todos estamos jodidos, él no es el único –me dijo Johnny. Yo me dediqué a observar los videojuegos que había comprado el mes anterior, después cambié de tema. 

Después de ese incidente no pasó mucho tiempo hasta que Ignacio dejó el equipo permanentemente. Resulta que él le estaba enviando la mayor parte de su dinero a su hermano para sacarlo de los apuros en México. Con el poco varo que le quedaba, rentaba un apartamento detrás de una lavandería en el centro. Era un closet del lavadero que alguien había convertido en un “estudio.” Ignacio enviaba demasiado dinero a su país y por eso no pudo cubrir la renta de agosto, así que lo corrieron de allí y se quedaron con su depósito. Si Kurt Vonnegut fuese mexicano, ¿diría eso de “So it goes” o en cambio, “Así pasa”? 

Si ya nos costaba mucho trabajar después de la casa maldita, aún nos costó mucho más cuando Ignacio se fue. Y así, Johnny decidió que ya le valía madre. Joe nos había dado demasiadas excusas y rodeos. Johnny llamó a Sergio para ocupar el lugar de Ignacio. Sergio, o Serg (como surge), era un güey bien cabrón. Espera, borremos eso; era uno de los güeyes más cabrones en la historia de todos los cabrones de West Liberty. Si la vida fuera como una película y Serg entrara en un salón, se verían créditos de Quentin Tarantino a un lado de la escena. Inglorious Cabrones. 

Johnny y Serg tuvieron que lidiar con el West Liberty de finales de los ochentas y principios de los noventas, en que las tensiones y el racismo eran más visibles y se manifestaban de forma violenta. Cuando nosotros, los hermanos pequeños, fuimos a la secundaria, ya eran otros tiempos. Todavía había peleas y otras pendejadas en el patio de la escuela; aún recuerdo al chavo que se refería a mis amigos como darkies, los prietos. Pero eso no era nada comparado con lo que Johnny y Serg tuvieron que enfrentar. Serg siempre hacía frente a todos. Sus historias de peleas con los chavos racistas de otros pueblitos se hicieron famosas entre los hermanos menores. 

Serg no estaba ahí para techar con nosotros, sino por ese momento ineludible en que Johnny se enfrentó a Joe por nuestros salarios. Johnny le dijo a uno de los propietarios que estaba cerca de averiguar el lugar donde Joe trabajaba con otro de sus equipos. Estaba en un barrio de Cedar Rapids venido a menos. 

Estacionamos la camioneta por la mañana temprano, para encontrar a Joe ya casi pedo. Todo nuestro equipo se acercó a hablar con él, menos Darren. Por mucho que nos apoyara arriba en los techos, nos confió que esa no era su bronca. El plan de Johnny era confrontar a Joe de una, con Serg y Malcolm como el músculo para soportar nuestros argumentos. Tony, Mark y yo teníamos poco músculo, pero a ojos de algunos podríamos pasar por chingones. De camino a la casa, vi a Joe y su cabello despeinado sobre el tejado, observando a los otros obreros. Malcolm fue el primero en decirlo: 

–Miren eso. ¿Así que tiene otro equipo trabajando aquí? 

Eché un ojo a los obreros que Joe supervisaba y vi que eran todos negros. Al prestar más atención vi que tenían la misma organización que nuestro equipo: dos muchachos con pistola de clavos y tres peones para desmontar las tejas viejas. Johnny le gritó a Joe que bajara de ahí. Los obreros dejaron de trabajar mientras nos observaban. Las botas de Joe chocaban con la escalera al bajar y hacían un ruido metálico. 

–¿Este es el otro equipo al que culpas de no pagarnos? –preguntó Johnny. 

–Mira, Johnny, ya te dije lo que pasó. Traté de conseguir suministros para el gran proyecto en el que íbamos a trabajar todos, pero las cosas se complicaron. Esto pasa todo el– 

–No nos hable de las cosas del pasado, viejo –le cortó Serg. Sus palabras eran breves y directas, en forma de advertencia–. Vinimos para decirle lo que va a pasar a partir de ahora. Nos va a pagar lo que nos debe, ahora mismo. 

Joe intentó responder, pero se frenó. Se veía muy pequeño, derrotado. Se pasaba las manos por el cabello, un tic nervioso que hacía que se le parara el pelo como a un Einstein azul. 

–Como digan. ¿Me acercan al banco entonces? –preguntó Joe en voz baja. Johnny me hizo una señal para que cumpliera con mi deber de chófer, como en los viejos tiempos. 

Subí al carro por la parte del conductor y bajé las ventanillas de inmediato, como ya era tradición. Joe intentó abrir la puerta del copiloto con torpeza, y las latas de cerveza en el piso repiquetearon. 

–¡Ay, Jesús! –murmuré.  

Manejamos al banco en silencio. A mí no me importaba, pero a Joe le debió caer mal. 

–¿Sabes que yo no quería causarles problemas, verdad? –me preguntó. 

–No me importa, hombre. Queremos dejar eso atrás. 

–¿Pero sabes lo gracioso? Que sí gasté su dinero en suministros para ese gran proyecto, eso era cierto. 

–Ya, ¿y cuánto tiempo hace de eso? –pregunté. 

–Espera, no te me adelantes –respondió Joe. Después respiró hondo y continuó–: ¿Viste al otro equipo de peones? Pues lo que pasa con los negros es que siempre se están quejando y pidiendo dinero. Ellos vinieron a mí, sacando pecho, antes que ustedes. ¿Y qué dice eso de ustedes los mexicanos? –Yo apreté la mandíbula mientras manejaba sin mirarlo–. Que así funciona el mundo. Mire, los negros siempre quieren que se les pague primero, es así. Pero usted –y me señaló a mí para enfatizar– ustedes, los mexicanos, trabajan y trabajan, pero casi nunca reclaman dinero. Ningún otro grupo aguanta callado tanto tiempo, eso seguro. Y por eso siempre diré cosas buenas de los mexicanos, esos peones. 

Joe me miraba, los dos en su camioneta sin aire acondicionado, hasta que por fin decidí mirarle de reojo. Vi que tenía la mano estirada para que se la saludara. Mi mirada pasó de su mano a su cara rojiza. Podía oír su respiración dificultosa ahí sentado. Esperando. Le saludé la mano y estacioné la camioneta para que él fuera por el dinero a su banco. 

Me odié a mí mismo durante mucho tiempo por aquel apretón de manos. Cuando entregué el dinero a mi equipo, le hablé a Serg de lo que había ocurrido. 

–¿Y le saludaste su pinche mano? –me preguntó. 

–No sabía qué otra cosa hacer. 

–Yo le habría reventado el hocico. 

No podía parar de pensar en todo aquello, en la situación. En el racismo inherente y vil de enfrentar a los dos grupos, en mi complacencia al saludarle la mano para conseguir mi dinero. Yo era cómplice en esa operación. Después de aquel apretón de manos ya no pude ver nuestro trabajo de techadores del mismo modo. Comencé a faltar días de trabajo y dejé que el grupo fuera sin mí. Me empezaron a llamar flojo. 

Johnny siguió su ritmo; él no tenía tiempo para pensar en los matices discriminatorios de la tarea, solo necesitaba el trabajo. Tras una semana sin trabajar, Johnny dejó de llamarme para irme con ellos por la mañana. Él siguió a la suya, aun cuando Joe trataba de acortar el plazo de los proyectos, aun cuando los demás dejaron el trabajo. Johnny siguió con su plan. Hasta que un día entró en la cocina agarrándose el brazo. Mi madre pegó un grito al ver los ríos de sangre que le brotaban de la herida. Se había roto el brazo al caerse de la escalera. Se retorció de dolor al subirse las mangas de la playera y dejar que el agua limpiara la herida. 

–Eso no ayudará. ¡Tienes que ir al hospital! –gritaba mi mamá una y otra vez. 

Johnny estuvo parado junto a la pileta durante un buen rato. El agua corría bajo el grifo mientras los tres mirábamos la herida. 

–De acuerdo –dijo Johnny con los ojos cerrados. 

Mi madre saltó a la acción, buscando las llaves atropelladamente. 

Entonces solo quedaban un par de semanas de verano. A la mañana siguiente me levanté temprano para asistir a mi sesión de orientación en Kirkwood. 

Me crucé con mi hermano de camino a desayunar. Él maldecía entre dientes desde la sala, agarrando los botones de su camisa con su mano no dominante. Su mano derecha, enyesada, le colgaba sobre el costado. Sus pasos reverberaron en los muros de nuestra sala en un sonido rítmico al pasar por mi lado. Y allá se iba, a techar de nuevo. Él solo. 

Yo tenía un nudo en la garganta de camino a mi sesión orientativa en Kirkwood. Charlie, el jovial asesor académico, me detuvo en la entrada. 

–Jesús, ¡qué bueno verte aquí de nuevo! –Me tendió la mano. Yo observé la palma ante mí. Una pausa. Lo ignoré–. ¿Jesús, cómo estás? ¿Al final conseguiste algún trabajo chido en verano? –me preguntó con una sonrisa. 

Su mano extendida. Otra pausa. 

–No. Al final no encontré trabajo. 

Luché por contener las lágrimas al dejar a Charlie atrás, y continué hacia la orientación.  

  

*

  

Me cambié a la Universidad de Iowa después de Kirkwood, sin buscar trabajos de verano. Me gradué en UI dos años más tarde, con grandes planes y una lesión de rodilla latente que los destrozaría luego. Mientras me recuperaba de esa lesión, estuve trabajando en un centro de día para personas con necesidades especiales. Era un trabajo duro. Física y emocionalmente duro. No sabes lo que es el trabajo duro hasta que tienes que ocuparte de las necesidades diarias de otra persona, hasta que alguien depende de ti para vivir. Eso me cambió; me dio otra perspectiva completamente distinta de la vida y nuestros privilegios. De ahí tengo historias, unas más largas y otras más breves, que ya contaré en otro momento. 

Pero diré que estuve trabajando en ese centro de día durante casi una década. Usé las habilidades que aprendí allí para completar el ciclo y volver a la Universidad de Iowa, al auditorio Hancher, con su grandioso salón de actuaciones. Salté de alegría cuando me dieron el trabajo. Una carrera que casaría mi amor por el arte con las habilidades de servicio a la comunidad que adquirí en ese centro de día. Después de la orientación, mi supervisor me dio llaves de todo el edificio, como al resto de los empleados a tiempo completo. Como a un igual. 

Johnny vino de visita con sus dos chavitos cuando yo estaba trabajando en una de las primeras jornadas de puertas abiertas de Hancher. En la época que yo pasé en el centro de día, él dejó de trabajar con Joe, pero continuó en otras construcciones y fábricas. También tuvo tres hijos con una mujer con la que ya no está. Ahora es un padre soltero que trabaja para sus hijos, con tres turnos al día y encargos ocasionales. Lo que haga falta con tal de que los chavos salgan adelante. 

Mi hermano se acercó a la cabina del auditorio. Era la primera vez que lo vi en mucho tiempo. Se dedicó a estudiar el vestíbulo mientras recorría los azulejos blancos hacia mí. 

–Por fin, güey. Por fin uno de nosotros lo consiguió –me dijo después de abrazarnos. El olor de su colonia me trajo a la mente esos días cuando yo era niño y él me llevaba a la escuela en su carro. 

Un par de semanas más tarde vinieron a verme mis padres, solo que se perdieron y acabaron en un edificio cualquiera de la universidad. Hancher era un edificio recién construido por entonces, así que el GPS no lo reflejaba correctamente. Mis padres me llamaron desde la recepción de ese otro edificio cuando yo salía del auditorio. Estaba intentando orientarme hacia el sitio que me habían descrito. El sol me daba en la cara. Entonces escuché otra voz al otro lado del teléfono; mi madre le había pasado el teléfono a la recepcionista del edificio. 

–Hola. Estoy aquí con sus padres y creo que dijeron que usted trabaja aquí… –dijo una voz, casi en tono de pregunta. 

–No, no, están en el edificio equivoc… 

–Pues llamé a los del servicio de conserjería, pero no he conseguido contactar con nadie. ¿Trabaja con ellos o con los del servicio de comida? ¿O le dirijo a su madre al almacén? 

No miento. Me detuve en seco. 

El trabajo es lo que ocurre cuando honras los trabajos que te hacen ser quien eres, pero que sepan que esos trabajos no son los únicos que nos definen. El trabajo es lo que ocurre cuando cuelgo la llamada con la recepcionista y me propongo desafiar esas nociones preconcebidas. 

El trabajo es el sonido de una pistola de clavos cortando el aire. Es ritmo, es una historia en sí misma. Como les dije, es complicado. 

 

Jesus “Chuy” Renteria is an artist, writer, dancer, and teacher, but above all, he is a storyteller. Born in Iowa City and raised in West Liberty, both sides of his family are from border towns in Mexico that transplanted to meatpacking towns in the Midwest.